Peñafiel y la Ribera del Duero

Cinco horas distan entre Puertollano y Peñafiel, tiempo de conducción  que no llega a agotar a los que no nos importa conducir y que nos permite llegar dispuestos a conocer la ciudad con todas las ganas posibles. La primera impresión la ofrece el majestuoso castillo que preside la población, una construcción realmente impresionante y magníficamente conservada. Peñafiel está ubicada entre tres valles, uno perteneciente al rio Duero, otro al Duratón y finalmente el del arroyo Botijas. Es una localidad llena de historia y donde se ubica el museo provincial del vino.

Nos hospedamos en el Hotel Convento Las Claras, un antiguo edificio histórico rehabilitado como hotel, que es una auténtica maravilla tanto arquitectónica como de alojamiento. Una vez ubicados en la espléndida habitación decidimos comer en el restaurante del propio hotel, el restaurante Lucanor. Nos ofrecen un menú que tenía buena pinta, tomamos la ensalada de mouse de oca con queso de cabra, buena pero un poco escasa del mouse de oca, aunque el aderezo con crema de módena y la calidad de los ingredientes, la hacían bastante buena. De segundo tomamos unas carrilladas de ternera al vino tinto que estaban bastante buenas, sobre todo con el maridaje del vino con escasa crianza que tomamos, que era el que ofrecían con el menú y que nos pareció correcto para acompañar el momento. Finalmente el postre fue un yogurt con espuma de caramelo que es uno de los mejores postres que yo he probado, y esto es mucho decir teniendo en cuenta que no soy demasiado adicto al dulce, ni al yogurt.

De nuestra estancia en Peñafiel vamos a destacar dos vinos muy populares en todos los bares y que nos han dejado un grato recuerdo, el Rivendel roble 2010 y el Valdebodegas roble 2010. Ambos vinos son de corta crianza, seis y nueve meses respectivamente. El Rivendel es un vino con una gran carga de fruta y un sutil toque de vainilla y torrefactos. El Valdebodegas es un vino muy equilibrado, un poco más evolucionado que el primero pero muy bien ensamblado en la crianza, que lo hace especialmente sedoso. Ambos vinos eran los más ofrecidos en los bares, pero a nosotros nos gustaría destacar el Velay, regentado por Teresa y Juan Carlos, es un local donde nos trataron con un cariño excepcional que no olvidaremos. Nos dieron a probar estos y otros vinos y entablamos conversación con dueños y clientes como si fuéramos hijos de adopción.

Dentro de nuestro objetivo de degustar la gastronomía tradicional, no podía faltar el lechazo al horno, y nos comimos dos. Uno en un restaurante llamado el Corralillo, donde las mesas están colocadas en una antigua bodega subterránea y aparte de lo rico del plato, el lugar recrea un ambiente propicio para devorar cordero y acompañarlo con ensalada y vino. El segundo fue en el restaurante Santa Eugenia, regentado por Marcos, es otro de los lugares con tradición. El dueño del negocio no deja indiferente a nadie pues su actitud abierta y familiar hace que pases una velada divertida degustando el exquisito cordero que prepara en su horno de leña. Horno que nos enseñó gustosamente después de un rato de charla con él.

Otro sitio que nos gustaría destacar es La Plata, un local con una cocina elaborada y una buena selección de vinos. Aquí solamente tomamos unas raciones y dos vinos, Biberius 2010 y Prios Maximus 2011, ambos muy correctos con bastante carga de fruta y la madera bien ensamblada.

Visitamos Protos y nos acercamos hasta Arzuaga recorriendo la milla de oro. Protos es la primera gran bodega de Ribera del Duero, la visita fue excepcional, muy bien organizada y con una guía, Primi, muy profesional y encantadora. La visita se desarrolla desde la antigua bodega hasta todas las nuevas instalaciones, es impresionante las cuevas donde se criaba el vino, al igual que toda la tecnología implantada actualmente. Finamente catamos un Verdejo y su crianza del 2008. Ambos correctos pero sin destacar excepcionalmente. Ha sido un denominador común del viaje, las visitas de las grandes bodegas están muy orientadas a impresionar al visitante con su historia y sus instalaciones, pero a la hora de ofrecer vino para catar no destacan por descorchar sus mejores caldos, y aunque correctos, su industrialización les ha llevado a cierta carencia de personalidad, aunque para todo hay excepciones como veremos en las siguientes entradas.

Con el maletero incumpliendo la premisa marcada de seis botellas por zona, nos marchamos de Peñafiel sabiendo que no es una despedida, ni siquiera un hasta luego, es casi un hasta muy pronto, pues el sabor de boca que nos ha dejado nos ha creado la obligación de volver lo antes posible. Siguiente parada Barbastro…

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Acerca de J. Fernando Buitrón Gijón

Sumiller, ingeniero industrial, formador y comunicador, divulgador en temas de sostenibilidad, arquero, aficionado a la fotografía y corredor ocasional.
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3 respuestas a Peñafiel y la Ribera del Duero

  1. Pingback: Visitando Peñafiel | Villatuelda, un pueblo en el valle del Esgueva

  2. Saludos! Al final probaste o te llevaste Finca El Grajo Viejo?

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    • elemparrao dijo:

      Hola Primi, me llevé una botella, todavía no la he abierto, tengo confianza en que será bueno, y sobretodo que sorprenda en equilibrio y complejidad. Por esto la he reservado un poquito. Intentaré hacer un análisis organoleptico no tardandose mucho y lo publicaré en el blog. Muchisimas gracias por tu atención, que va mas allá de tu excelente tour por la bodega.

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