Llegan las navidades y los excesos culinarios

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Llegan las fechas más señaladas del año, no voy a caer en el tópico de decir que son fantásticas porque representan la paz, el buen rollo, el nacimiento del niño Jesús, ni tampoco argumentar en su contra que son fiestas manipuladas por las grandes superficies comerciales para vender masivamente durante las últimas semanas del año. Cada cual que se aliste en las filas que mejor le haga pasar la batalla. Lo que es innegable, es que junto a los anuncios de juguetes y la lotería, lo que más define estas fiestas es la panzada irracional de comer, sobre todo los afortunados y/o privilegiados que pueden hacerlo.

Las comidas o cenas de empresa, las cestas de navidad, los encuentros con amigos de la infancia, del padel y por supuesto las cenas oficiales, Nochebuena y Nochevieja. En definitiva, atascarnos hasta hartar.

Claramente, considero que reunirnos en torno a una mesa para celebrar algo, es el mejor escenario posible, pero por qué no repartimos ese esfuerzo a lo largo año. Comerse tres platos de queso y embutido, dos de langostinos cocidos y una pierna de cordero para cenar no entra dentro de mi concepto de disfrutar del placer de comer. Me gustaría que aprovechásemos la oportunidad de reunirnos para buscar nuevas experiencias culinarias, con una cocina que sorprenda a nuestros comensales y a nosotros mismos, que puede incluso ser más barata y que nos invite a conversar sobre lo que sentimos al comerla, apartando la mirada del programa de Rafael que se repite por enésima vez en la tele. Si fuésemos capaces de descubrir esta manera de celebrar nuestros encuentros, quizás no esperaríamos un año para volver a repetirlo.

Tampoco quiero reflejar una imagen sibarita o esnobista, alejada de la realidad cotidiana, yo soy el primero que disfruto al devorar un cochinillo, considerándolo como un manjar exquisito, además no me importa perder la compostura cuando agarro los huesos con las manos y repelo las costillas con los dientes, pero invito a que busquemos la diferencia entre el jamón, la paletilla o el chuletero, parándonos a sentir las texturas, los aromas del guiso y la jugosidad, y quizás, solo quizás, mañana nos apetezca disfrutar solamente de un trocito de lomo alto confitado maridado con un tempranillo de corta crianza. Justo en ese momento habréis pasado al club de los “esnobs” y sus tontás, pero os habréis distanciado del de los “engullepavos”. A vuestra elección os lo dejo.

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Acerca de J. Fernando Buitrón Gijón

Sumiller, ingeniero industrial, formador y comunicador, divulgador en temas de sostenibilidad, arquero, aficionado a la fotografía y corredor ocasional.
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