Románico teñido con Tinta de Toro

Es verano, la sombrilla, la playa y la sangría son reclamo para miles de turistas, por eso decidimos visitar Toro, el corazón vinícola de Zamora. Hospedarte en un palacio, disfrutar de un excelente vino, sentado en una terraza de la fresca noche castellana, admirar el abundante románico y probar casi todas las razas de ternera de la comunidad castellano-leonesa, no nos pareció un mal plan alternativo.

Como es habitual en nosotros, planificamos los viajes al detalle, quien nos conozca habrá esbozado ya una sonrisa. Un par de días antes de iniciar nuestras vacaciones, decidimos visitar esta emblemática tierra vinícola. Siempre nos seduce descubrir la zona hablando con los oriundos, nos informamos mínimamente de cómo llegar y nos dedicamos a explorar, charlar y compartir momentos. Toro nos ha gustado mucho. El hotel Palacio Rejadorada, La esquina de Colás, la bodega Rejadorada, la bodega Liberalia, Casa Gorosabel y otras muchas experiencias nos han dejado tan buen sabor de boca, como para volver sin demasiada demora.

Anchas paredes de piedra, robustas puertas de madera de dos cuerpos, aldabas, lámparas de hierro y que sin saber por qué, saludes cada mañana con – pase un buen día vuestra merced – son signos de que estás en un palacio castellano. El hotel Palacio Rejadorada tiene todo el encanto de la tradición, pero con unas instalaciones modernas y un servicio muy atento. Nuestra habitación miraba al norte, por tanto las noches con la ventana abierta motivaron placenteros y largos sueños. El desayuno en el patio se convertía en un auténtico momento de éxtasis. El complejo se divide en tres negocios, perfectamente integrados, el hotel, el restaurante y la bodega. Un día decidimos comer aquí, con el propósito de probar la Ternera de Aliste, el chef César Ferrada, de origen argentino, especializado en carnes, nos prepara un chuletón de un kilogramo, para compartir. Nosotros lo acompañamos con un vino tinto de la D.O. Toro, Epitafio 2011, de viñas de más de cien años, haciendo que esta comida sea otro de los momentos memorables de nuestra vida.

Otra de las cosas que se aprenden cuando te mueves por los espacios gastronómicos es que debes estar dispuesto a sorprenderte en cualquier momento y en cualquier bar de la esquina, este es el caso, nunca mejor dicho, en La esquina de Colás. Tuvimos la oportunidad de conocer a David y Eva, en este negocio familiar, con una cocina excelente y un trato cordial. Su bar ofrece una amplia carta de vinos y tapas, la mayoría podrían perfectamente competir en cualquier certamen gourmet. David conoce el vino, lo conserva y lo sirve adecuadamente, además es cortador de jamón. Todas las tapas que probamos estaban excelentes, comenzamos con Bacalao en salsa de reducción de champagne, estaba buena, aunque para mi gusto, debería tener un punto menos de cocción el bacalao y algo menos de salsa sobre él. Lo siguiente fue Foie fresco con sal de vino, bastante rico. Con los dos últimos, tocamos el cielo, el Pulpo con panceta ibérica era espectacular, todo estaba en su punto, el pulpo tierno, la panceta crujiente, las salsas deliciosas. Finalmente probamos la Sardina marinada sobre pan de cristal y crujiente de jamón ibérico, donde llegamos al delirio, ¡qué cosa más rica!, llevaba una vinagreta de tomate sobre el pan de cristal, la sardina y virutas crujientes de jamón, algo sublime cuando lo mordías y todos los sabores se fundían en el paladar, sabroso y fresco a la vez. Un plato para recordar y felicitar.

David nos recomendó Casa Gorosabel para comprar vinos y productos de la tierra, casualmente esa misma tarde nos habíamos parado en su escaparate y nos gustó el detalle de que no había botellas llenas expuestas en el escaparate. Considero una mala práctica que en algunas “tiendas gourmet” se expongan botellas al sol durante horas, hecho que me demuestra el mal trato que en esos establecimientos se le confiere al vino. Al día siguiente nos convertimos en clientes suyos y pudimos comprobar que trata sus productos con respeto y a los clientes con profesionalidad y franqueza.

Como nuestro interés era conocer los vinos de D.O. Toro, nos recomendaron que visitáramos el Consejo Regulador para informarnos. Nos atendió Mercedes, quién nos advirtió que no podía recomendarnos ninguna bodega, por respeto al resto, hecho que comprendimos y que nos parecía una postura razonable. Aun así, nos facilitó mucha información, junto con un plano dónde se detallaban direcciones y contactos de todas.

Cargados de datos y sed de conocimiento, empezamos por Rejadorada, pues estaba justo al lado de nuestro hotel. Es una bodega-museo que se encuentra en el interior de la localidad y aunque no se elaboran actualmente vinos en ella, se puede visitar su estructura y ver un vídeo explicativo muy interesante sobre su origen. Elabora vinos de calidad, personalmente destacaría Sango, con una crianza de 18 meses en barrica francesa, destaca su complejidad, mineralidad y sedosidad, consiguiendo una destacable elegancia en su conjunto.

Foto: http://www.rejadorada.com

Intentamos visitar Dominio del Bendito, pero fue imposible debido a que Antony Terryn, su propietario, no se encuentra durante esta semana en la localidad, hecho que nos entristece, pues tenemos buenas referencias de su trabajo, pero a la vez nos ofrece otra razón más para volver.

Foto: http://www.bodegadominiodelbendito.com

Otra de las visitas obligadas, si vas a Toro, es el museo de Pagos del Rey, ubicado en Morales de Toro. La sorpresa fue cuando nos enteramos que pertenecía a la familia Félix Solís, a tantos kilómetros de distancia y resulta que unos paisanos han montado uno de los mejores museos enológicos que he visto nunca. Tiene un recorrido por maquinaria, técnicas de cultivo y elaboración. Hay muchos equipos y referencias a Valdepeñas, aparte de la historia de la familia. Conocíamos las dimensiones del negocio que está alcanzando esta empresa, pero cuando lo ves en el museo, aun sorprende más.

Foto: http://www.pagosdelrey.com/

Coincidiendo con la visita a Morales de Toro, decidimos comer en el restaurante El Chivo, que a juzgar por algunas referencias nos parecía interesante. Algunos aspectos de este local nos resultaron susceptibles de mejora, por ser políticamente educados. El servicio es correcto, no destaca por la atención que un sitio debe tener cuando cobra una media de 20 € por plato, pero es aceptable. Tomamos un pulpo como entrante al centro, que no estaba mal, sinceramente pienso que no superaba al que comimos en La Esquina de Colas, pero no podría criticarlo negativamente en cuanto a su calidad y elaboración. Había leído que su especialidad era el pescado debido a la formación del cocinero, por tanto decidí la opción merluza. He de reconocer que estaba bien cocinada, realmente tenía una elaboración simple, con unos ajos sofritos sobre ella y el clásico puntito de vinagre. Al igual que el pulpo, no puedo criticar ni la calidad, ni la elaboración, aunque humildemente creo que yo mismo podría llegar a preparar una merluza muy similar, partiendo de un buen producto. Lo que creo que si podría mejorar son las chuletillas de cordero lechal y no porque me considere un maestro de la plancha, vuelta y vuelta, sino porque mi concepto de lechal no tiene ese gustillo a sebo, que me resulta tan desagradable en el cordero. Puede que en Zamora alimenten con leche a los corderos hasta que puedan saltar el Duero de un solo brinco, pero realmente no lo creo. Sarcasmos aparte, esas seis chuletas de cordero, dejémoslos así, estaban muy lejos de tener la calidad del precio que pagamos por ellas. Como anécdota, creemos que parte del coste que se paga por comer en El Chivo, es por ver a Agustín Gamazo, su chef, atender a sus clientes. Evidentemente no reclamamos esa atención, la función de un cocinero es elaborar lo mejor posible sus platos y no tiene por qué, si no le apetece,  salir a adular a los comensales, pero nos sorprendió el privilegio que tuvo una familia vip con su atención personalizada. Era cómico ver el espectáculo casi pornográfico de Agustín con la clientela noble del lugar, mientras ignoraba a una pareja de mindundis que debían sentirse afortunados de comer en aquel templo de la gastronomía lechal.

Nuestra última bodega fue Liberalia, allí tuvimos oportunidad de conocer a Juan Antonio Fernández, el propietario de la bodega y todo un apasionado del arte y la enología, entendida también como expresión creativa. La visita, aunque breve, fue toda una experiencia merecedora de un próximo artículo.

Despedimos Toro, encandilados por su patrimonio, su gente y la sonrisa pintada de Tinta de Toro que tardará en borrase, y cuando eso suceda, volveremos.

Anuncios

Acerca de J. Fernando Buitrón Gijón

Sumiller, ingeniero industrial, formador y comunicador, divulgador en temas de sostenibilidad, arquero, aficionado a la fotografía y corredor ocasional.
Esta entrada fue publicada en Gastroturismo y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Agradecemos mucho vuestros comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s