Kafka y las espinacas con nata

El sábado es día de mercadillo en mi ciudad. Hace meses que no bajo a comprar, y antes era raro el fin de semana que no empezaba con mi visita a este rastro, lleno de puestos de ropa, calzado, plantas y comida. Generalmente busco dos cosas, berenjenas encurtidas al estilo de Almagro y fruta y verdura. Este sábado, me apetecía comprar naranjas, para los que no lo sabéis, en estos cítricos también hay variedades, más allá que la de mesa y zumo, y los fruteros las ofrecen a distintos precios.

Me agrada, a veces, no ser olvidado, y sobre todo en puestos que cambian de ciudad y además tienen muchos clientes. Al ir aproximándome a las tinajas de barro que contienen las berenjenas, tuve la sensación del retorno del hijo pródigo. La señora tendera, levantó sus brazos y exclamó en voz alta: “¡Hombre, pero cuánto tiempo sin venir a comprar, toma, toma, cómete una berenjena, que hace mucho que no te vemos!”. En otro artículo hablaremos de este encurtido tan peculiar y que a mí me hace salivar como el perro de Pavlov.

Tras comprar mis naranjas y ya batiéndome en retirada, pasé frente a un puesto con manojos de espinacas y acelgas. Pensé en la ensalada de espinacas, en lentejas con espinacas y en un guiso que mi madre cocina, que hace años que no como, y decidí que esta semana comería un par de veces espinacas. Un manojo, por favor, le dije a la chica que atendía. Dos tiene que ser, son a un euro, dos manojos, pero puedes coger uno de espinacas y otro de acelgas. No, espinacas, merman mucho al cocinarlas, pensé.

Espinacas troceadas

Espinacas troceadas

No sé si me engañó la perspectiva, ojo, manojo, suelo o espinaca, furgón de transporte, pero a la mañana siguiente pensé que tenía que lavarlas en la bañera. Para el troceado podía auxiliarme de una katana decorativa que tengo en el salón, no tiene filo, pero las espinacas eran tiernas. Una vez pasadas por agua, espero la factura de este mes, pienso cómo cocinarlas. Busco por internet la página de 101 recetas de espinacas, pero al final decido preguntar en las redes. Mi sobrina se mofa, proponiendo conseguir el record Guinness del mayor rehogado de espinacas del mundo, quizás uno de los records más absurdos imaginables, la paella o la tortilla mayor tienen sentido, un rehogado, tiene un puntito un tanto absurdo.

Mientras troceo, pienso en muchas cosas, me da tiempo, creo que podría llegar a descubrir la fusión del deuterio, antes de ver bajar la pila de espinacas. Uno de los pensamientos es verme comer durante días y días sólo espinacas. Ahí empiezo a pensar en una posible transformación metamórfica en pulgón de la espinaca (Aphis fabae Scop) e inmediatamente me identifico con Gregorio Samsa, el protagonista del conocido libro de Kafka, La metamorfosis. Puestos a cambiar, podía haberme transformado en mosca del vino, pero no sé exactamente cuánto vive un pulgón, respecto a lo que vive una mosca del vino. Y ahí me he visto atrapado hasta que he cortado la última hoja.

Con el barreño de espinacas troceadas tenía que decidir mi primer plato y, de repente, me ha venido a la cabeza Vicenta, la chica de seguridad que conocimos los últimos días de trabajo en mi anterior empresa. Uniforme verde, pensareis que es el nexo de unión, pues no, fue una conversación sobre maneras de cocinar la verdura que fuera más atractiva. A ella le gustaban las espinacas con nata, decía que era una manera de comer espinacas más allá del clásico rehogado. Nos explicaba que a esta receta se le podían añadir pasas y piñones, pero que ella las hacía también sin estos ingredientes. Recordaba aquella conversación, pues me encantaba la profesionalidad que siempre demostraba Vicenta, como vigilante de seguridad, y a la vez la empatía con personas que en aquel momento no lo estábamos pasando demasiado bien. Por este buen recuerdo decidí preparar unas espinacas con nata, gratinadas con queso de cabra y crujiente de jamón.

No suelo detallar mucho mis recetas, creo que en la red hay información de una calidad difícil de superar por mi parte. En cambio me gusta describir los momentos y que estos os puedan servir como catalizadores para otros vuestros. El plato estaba riquísimo, para acompañarlo bebí una copita de Méndez Moya, Syrah, monovarietal con 12 meses de barrica. Os diría que lo seleccioné concienzudamente, pero en realidad era la botella que tenía abierta de mi última cata y me pareció correcto. Una alternativa sería un vino joven o roble, con una potente carga de fruta, que maride bien con un plato donde destacan los lácteos.

Bolsas de espinacas troceadas

Bolsas de espinacas troceadas

Si os intriga que pasó con el resto de espinacas, os diré que las metí en bolsas de congelado, una para congelar y otra en el frigorífico para consumir durante la semana.  Ya estoy deseando meterle mis seis patitas a esa bolsa de la nevera.

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Acerca de J. Fernando Buitrón Gijón

Sumiller, ingeniero industrial, formador y comunicador, divulgador en temas de sostenibilidad, arquero, aficionado a la fotografía y corredor ocasional.
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2 respuestas a Kafka y las espinacas con nata

  1. Rosy dijo:

    Todo lo haces muy bien!! Esa ilusión q se ve en tus ojos cuando cuentas tus cosas.. Envidiable!! No hay nada mejor!!

    Me gusta

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